Todo ardía. Y cuenta la leyenda que Pirene, hija de un poderoso rey de Iberia, tras enamorarse de Hércules, buscó consuelo en los bosques. Aquella pasión imposible terminó en tragedia. Pirene murió; y Hércules, desgarrado por el duelo, apiló rocas y más rocas hasta levantar una cordillera en su memoria. «Pirineos», la llamó. Desde entonces, se dice que cada cima guarda el eco de aquella historia y la fuerza de un amor perdido.
“Creé la ruta para dar vida a la zona”, nos comenta Alejandro “Jan” Gamarra, creador de Porta del Cel, quien durante 35 años fue guarda del refugio de Certascán. “Junto a Carros de Foc y Cavalls de Vent, fue una de las rutas de refugio en refugio pioneras en los Pirineos, y hoy en día creo que una de las mejores”.
La ruta tiene números que imponen respeto: 65 kilómetros, 5.500 metros de desnivel positivo, cuatro a cinco días en altura, las cimas más elevadas de Cataluña y de la región francesa de Ariège, una veintena de estanques glaciares, pasos técnicos, neveros tardíos y un mosaico de roca y agua que exige piernas fuertes, material adecuado y, sobre todo, cabeza. “Es una travesía dura, sobre todo la etapa entre Certascán y Pinet”, nos comenta Jan. “Pero su carácter solitario es lo que la hace especial. No hay aglomeraciones; a veces incluso echas de menos ver gente. Es una ruta muy estética, llena de lagos y paisajes salvajes. La gente la recuerda con cariño: sufre un poco, pero cuando vuelve a casa, siempre la recomienda".
Porta del Cel, la “Puerta del Cielo” en catalán, es una travesía de alta montaña que no solo cruza paisajes salvajes, sino que, pronto aprenderemos, también atraviesa límites personales. El Pirineo se convierte aquí en una suerte de espejo: cada paso avanza hacia adelante, pero también hacia dentro. Porque Porta del Cel no es una excursión; es un itinerario de montaña con todas sus letras. Y como ocurre con las palabras, las diferencias importan.
El senderismo discurre por caminos marcados, cómodos, pensados para dejar respirar al cuerpo sin exigir demasiado; el trekking añade distancia, irregularidad, aislamiento, y pide más autonomía. El montañismo, en cambio, exige una combinación más seria: técnica, equilibrio, decisión y cabeza fría cuando el terreno deja de ser amable. Porta del Cel pertenece sin duda a este último reino: un territorio donde conviven el esfuerzo y la belleza.
Lo confirmamos: aquí la técnica no es un adorno: hay que interpretar el cielo y el mapa, leer el terreno, gestionar riesgos y mantener la calma cuando el cansancio aprieta y el sendero se diluye entre bloques de granito. Y la mente, en ocasiones, puede salvar más que unos crampones.
Nosotros mismos lo vivimos una mañana descendiendo un gran canchal en la segunda etapa del itinerario. Caminábamos entre bloques inestables, saltando de roca en roca, atentos a cada paso. Mi compañero explotó de golpe. Los pensamientos negativos invadían su mente ante el desafío que aún nos quedaba por afrontar. No le faltaba razón: Porta del Cel no ofrece el confort de lo previsible. Aquí los senderos a veces son intuiciones, y la progresión es un juego continuo de atención y esfuerzos.
Pero volvamos al principio, cuando todavía todo era una promesa. .
Todo comienza en Tavascan, un pequeño pueblo de piedra en el fondo del valle del Cardós. Nos despertamos al amanecer con las campanadas de la iglesia de San Bartolomé, junto al bonito puente medieval que vigila el paso del río. El agua corre con la calma de quien conoce el camino desde hace siglos. En el Hotel Llacs de Cardós, punto logístico de la travesía, nos comentan que este verano han pasado por allí alrededor de 900 caminantes, la mayoría de ellos internacionales.
“Porta del Cel nunca podrá masificarse como otros itinerarios; la capacidad de los refugios marca los límites”, nos comenta Xavier, gerente del hotel. Y se agradece. Este recorrido conserva la serenidad que el montañero busca cuando huye del ruido de los valles y las ciudades.
Los primeros pasos, todavía frescos, nos conducen a las bordas de Noarre, donde nos encontramos con André Blasi, que llega del bosque con un cesto lleno de rovellones y ceps. “Mis padres vivieron aquí hasta 1930”, nos dice a las puertas de su bonita y florida cabaña. “Cuando me jubilé, compré la cabaña y la restauré con mis propias manos. De niño pasaba el verano aquí; era una vida dura, sencilla, pero éramos felices”.
Nos invita a pasar y a compartir café y coñac con él. Su mujer, María José, nacida en Tavascán, recuerda cómo su padre, vaqueiro, tuvo que subirse a un árbol para librarse de una osa con dos crías. Historias antiguas, pero tan reales como las montañas que nos rodean.
Una fina capa de nieve reciente abraza los muros del refugio de Certascán, al final de nuestra primera etapa. Dentro, al calor de la cena, cada mesa cuenta una historia; quienes hacen Porta del Cel con quienes encadenan Montañas de Libertad. Un montañero holandés que recorre la Transpirenaica en solitario nos confiesa: “Lo más difícil no es la logística; es no pensar en el futuro. Cada día es distinto. El paisaje de los Pirineos nunca se vuelve monótono”.
El guarda del refugio, Agustín Turón, me invita a fumar fuera. “Para llevar un refugio, te tiene que gustar mucho. Hay que ser un poco adicto”. Lo dice él, que lleva trabajando en refugios de montaña desde los 22 años, y ya calza 50. “Hay gente que antes de darte los buenos días te pregunta si hay WiFi. A veces soy un poco punki, y lo desconecto cuando veo que está todo el mundo pendiente de las pantallas y sin hablar”.
A su lado trabaja desde hace dos veranos Helena Soler, siempre sonriente y dispuesta a atender en cualquier idioma que surja. “Trabajar en este entorno es un privilegio y lo disfruto mucho. Me encanta ver pasar a caminantes que llevan meses en ruta y escuchar sus historias”.
Certascán es el corazón emocional del itinerario. Aquí nació Porta del Cel. Y aquí, bajo el cielo estrellado, también nace esa sensación de estar lejos de todo, rodeado únicamente de roca, silencio y agua.
El terreno que viene exige concentración. Pasos con cuerda, canchales y pedreras que parecen ríos de piedra. Los lagos (“estanys” en catalán) llenan de color azul estas montañas, en contraste con las rocas de pizarra y granito. A veces el sendero se extingue, y solo quedan las marcas rojas y blancas o los mojones.
En montaña, los errores llegan sin avisar. Un desvío dudoso, un ritmo mal gestionado, una nube que tapa de golpe las referencias. Y el cansancio, esa mano invisible que empuja pensamientos oscuros: “ No debería haber venido…Esto me supera…
Y es justo ahí, cuando tu cabeza realiza quiebros, cuando la montaña te hace un regalo. El cielo se abre bajo los pies, el mundo parece invertido: tú arriba, flotando; las nubes abajo, como un mar inmóvil. Son momentos que la montaña concede cuando quiere, como quien entrega un secreto.
El refugio de Pinet, en la vertiente francesa, es otro universo. Una niebla espesa lo rodea mientras cenamos en un ambiente cálido y ruidoso. Conversaciones cruzadas sobre las aventuras de la jornada. Grupos de alpinistas preparando arneses y relatos de huellas de oso en el sendero.
La subida a la Pica d’Estats, el techo de Cataluña con sus 3.143 metros, es la guinda del recorrido. En el ascenso por la vertiente francesa, se nota que hemos entrado en cotas más altas: hielo negro al amanecer, pasos que requieren precisión, tramos en los que cada decisión importa. Cometemos algunos errores que prometemos subsanar, como mantenernos siempre a la vista del otro para evitar no darnos cuenta de algún posible percance del compañero.
Después de dos días, parece que nos complementamos en los esfuerzos: el que no tira del otro a las subidas lo hace a las bajadas. Dicen que en verano se forman colas en la cima de “la Pica”, como la conocen coloquialmente en Cataluña, pero fuera de temporada reina el silencio. Desde allí arriba, los Pirineos se despliegan en todas las direcciones como una respiración infinita.
“La dificultad es parte de la identidad de la ruta”, nos dicen Jan y Juanma, guardas del refugio de Vallferrera, punto final de nuestra tercera etapa. Y tienen razón. La travesía no se limita a mostrar belleza: la exige. No regala vistas; las ofrece a quien se gana cada metro.
Quien vuelve a Tavascán con los músculos cansados y el corazón lleno sabe que ha vivido una experiencia que no pertenece al turismo, sino a la montaña en su estado puro.
Una aventura que resuena como la leyenda de Pirene: belleza y esfuerzo que se convierten en recuerdos.
Haz senderismo con total libertad mientras Porta del Cel se encarga del resto. Reservan todos tus refugios, te proporcionan el mapa de la ruta y las credenciales, y te ofrecen apoyo si cambian los planes.
¿Necesitas un extra de confianza? Un guía de montaña titulado puede acompañarte. La temporada va de junio a septiembre: cuatro meses de pura magia de alta montaña.
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