“El Valle de Arán es un valle de valles”, dice Alex Barceló, con una media sonrisa. Tiene 33 años y llegó al valle con 17 años, desde Barcelona. Lo que iba a ser una etapa terminó siendo una vida, y hoy es guía de media y alta montaña. “Es curioso cómo, a apenas unos minutos, puedes pasar del ruido a la calma”. Y tiene toda la razón: basta con desviarse de la carretera principal para que el ruido desaparezca. El valle se ramifica en riberas silenciosas. Todo se reduce: el ritmo, la escala. Allí, a las puertas del Parque Nacional de Aigüestortes i Sant Maurici, empieza nuestra excursión.
El coche se detiene. A partir de este punto, la carretera es una cinta blanca que serpentea entre bosques y prados enterrados. Nos ajustamos las raquetas de nieve. El sol golpea con una fuerza inesperada esta mañana de febrero. Junto a Alex camina Lara, su pareja. Ella avanza hacia un destino que conoce bien: su padre fue el primer guarda del refugio al que nos dirigimos, y ella vivió allí su infancia.
Comenzamos a caminar. La nieve cruje. “Es la mejor temporada desde hace trece años”, comenta Alex. “Desde 2013 no veíamos esto”. Los carteles de señalización han desaparecido bajo metros de blanco. Todo es redondo, compacto, casi escultórico. El camino avanza entre cabañas de piedra aisladas y claros del bosque hasta que el paisaje se abre en una ladera amplia, surcada por canales. Los esquiadores la llaman la Montaña Mágica.
La escena tiene algo de postal alpina. Y, sin embargo, para Lara, este lugar es un recuerdo en construcción. Su padre fue el primer guarda del refugio moderno de Colomers, en los años ochenta. Llegó con dieciocho años, cuando esa figura apenas existía en el Pirineo. Como otros jóvenes de entonces, ocupó cabañas abandonadas, abrió caminos, convirtió refugios en lugares habitables. Pensaban quedarse una temporada. No se fueron.
Lara creció entre estas montañas. “Mis recuerdos son como flashes”, dice. “Jugar sola fuera del refugio, escalar con mi padre, ver llegar a la gente y que me preguntaran qué hacía allí”. Mientras otros niños tenían plazas y fiestas, ella tenía senderos y silencio. Durante años no fue consciente de lo excepcional de esa infancia. “Lo entendí cuando me fui. Ahí vi que mi vida no era la de los demás”. Su padre estudió el valle y puso nombre a lugares que no lo tenían. Hay una cima con el nombre de su hija, así como una habitación del refugio..
Pero la montaña también cambia. Los refugios del parque son públicos y las concesiones se renuevan. Cuando su padre se jubiló, la gestión salió a concurso. La familia se presentó, pero no ganó. “Hay un pequeño duelo”, reconoce Lara. “Sigo entrando y viendo mi habitación, mis cosas… pero ya no es mi casa”. Lo dice sin amargura. Como quien entiende que en la montaña nada es del todo permanente. “Es la vida”.
Aun así, hay algo en Colomers que no cambia. Su padre solía repetirlo: es el circo glaciar con más lagos de todo el Pirineo. “Otros refugios están más encajonados”, explica Lara. “Aquí hay espacio. El circo se abre. Tienes los lagos, el horizonte. En Colomers se respira”.
Cuando el sol empieza a caer, la luz se vuelve más suave. El refugio se enciende tenuemente. Abrimos unas cervezas y observamos el valle en silencio. Para Alex, que llegó siendo casi un adolescente, este valle ya es su hogar. Para Lara, memoria viva de lo que una vez lo fue.
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